Tuesday, March 13, 2012

A PESAR DE LA IGLESIA SEREMOS LIBRES Y CRISTIANOS



Por Orlando Fondevila


En mis largas conversaciones con Rafael Díaz Balart pude constatar esencialmente dos cosas: su profundo amor a Cuba y su delicada religiosidad. Rafael decía, justamente, que había recibido una ecuménica educación religiosa. Cursó estudios en el colegio cuáquero del poblado de El Cristo, cercano a Santiago de Cuba. También en el colegio católico de La Salle y, finalmente en el famoso y excepcional Colegio Presbiteriano de Cárdenas. Si a todo lo anterior le añadimos sus estudios pastorales en el “Theological Seminary” de la Universidad de Princeton e incluso su breve incursión por la prédica en New York, quedará evidenciada tanto su cultura como su vocación y sentimientos religiosos. De tal manera, me decía Rafael, que durante un tiempo dudó si su verdadera vocación era la del servicio religioso o la del servicio público. Finalmente, como sabemos, se decidió por el servicio público, es decir, la política. En esa decisión influyó en gran medida su decepción con el comportamiento de las estructuras jerárquicas de las Iglesias, que conoció y sufrió. Desencanto, debe aclararse, eclesial, nunca religioso. Esas experiencias frustrantes llevarían a Rafael a la misma posición de su (nuestro) admirado José Martí, quien afirmara que él era cristiano, natural y simplemente cristiano.

Por otra parte, lo cierto es que –relataba Rafael- las relaciones de la Iglesia Católica con los intereses del pueblo cubano habían sido y son sumamente complejas. Con luces y sombras. Con más sombras que luces. Durante las luchas por la independencia, la jerarquía de la Iglesia, mayoritariamente española, estuvo siempre del lado de la Metrópoli, con conocidas e ilustres excepciones. Rafael contaba, entre la ira y el dolor, el caso de un pariente suyo que fue a dar con sus huesos a la cárcel colonial de Ceuta, denunciado por un sacerdote que violó el sagrado secreto de confesión. No se trata de una anécdota. La Iglesia siempre estuvo al lado del poder colonial. También después. Siempre al lado del poder.

En los últimos 53 años de tiranía, la historia de la Iglesia Católica cubana es más bien triste. La misma Iglesia que ha sido perseguida y humillada por la tiranía, en esta ya demasiado larga etapa de horror, o se ha callado, o se ha sometido, o se ha confabulado con el poder. Salvo breves destellos de decoro, como cuando produjo el documento “El amor todo lo espera”, o la firmeza aislada del Padre Meurice o de Monseñor Siro, entre pocos otros ejemplos, la conducta de la Iglesia ha sido dar la espalda a los sufrimientos y penalidades de su rebaño. Una historia de ignominia que ha tomado dimensiones de traición en el caso del Cardenal Ortega.

Triste historia, sobre todo si tenemos en cuenta que no ha sido correspondido el amor que el catolicismo ha recibido del pueblo cubano. Los patriotas independentistas peleaban invocando a la Caridad del Cobre, su virgen mambisa. Los patriotas contra la tiranía de los Castro han caído en los pelotones de fusilamiento gritando “Viva Cristo Rey”. Los exiliados cubanos han llevado consigo a su amada Virgen y a su religión. Pero la Iglesia ha sido pusilánime, cuando menos.

En los últimos tiempos, la Iglesia ha ido más allá del silencio o el sometimiento. Se ha entregado a la colaboración. El Cardenal Jefe de la Iglesia Cubana ha estado y está actuando como un funcionario del régimen, como un mandado. El Cardenal se ha convertido en el emisario especial de la tiranía para misiones especiales, que podrían recibir el calificativo diplomático de discretas y, en ciertos casos, de secretas. En términos éticos no dudamos en llamarlas innobles e impropias de la dignidad que se supone el Cardenal representa. En Washington y en Madrid se le reconoce como una especie de Ministro de Exteriores alternativo del régimen. Sus imploraciones en pro de eliminar todo tipo de presiones a la tiranía han sido más fervorosas que sus escasas homilías.

Por supuesto que los dignatarios de la Iglesia y algunos crédulos (y no tan crédulos) quieren que veamos un trasfondo más piadoso en la conducta del Cardenal y de la jerarquía de la Iglesia. Según estas alambicadas teorías, lo que estaría buscando la Iglesia es el crecimiento espiritual de los cubanos, en aras de alcanzar una hermosa reconciliación que sería la clave para construir un futuro de felicidad. En esta dirección se enmarcaría la visita del Papa a la Isla. Pero se les ve el plumero. Por ejemplo, el corresponsal internacional de “National Catholic Register”, Victor Gaetán, escribe:“Cuando el Papa Benedicto XVI visite a Cuba el próximo mes, será para reforzar una vez más la estrategia del Vaticano que le ha permitido a la Iglesia Católica local ejercer allí por más de tres décadas: evitar diligentemente cualquier confrontación política con el régimen de Castro, colaborar con La Habana en la lucha contra el embargo de Estados Unidos y apoyar las crecientes reformas económicas del gobierno cubano”. Queda claro, la política de la Iglesia se resume en evitar confrontaciones con el régimen, en luchar contra el embargo y en apoyar, ¡válgame Dios!, las crecientes reformas del gobierno cubano. Y esta no es la mera opinión de un corresponsal extranjero, autorizado analista católico. No, si examinamos con detenimiento las publicaciones oficiales de la Iglesia cubana, así como recientes eventos por ella organizados, no tendremos espacios para la duda. Véase al respecto el último Encuentro Eclesial Cubano, quiénes fueron sus invitados (Carlos Saladrigas, López –Callejas, alias López –Levy, Mesa Lago, Jorge Domínguez, etc.), y las conclusiones y recomendaciones a que arribaron.
También nos encontramos a quienes, un tanto distanciados y cándidos, insisten en que la misión de la Iglesia no es política y no puede entonces exigírsele posicionamientos políticos. Y que la libertad de Cuba debe conseguirla el pueblo cubano por sí mismo, sin injerencias externas. Muy bonito, con música de Ñico Saquito. Como si todo lo que ha estado haciendo la Iglesia cubana y su Cardenal no tuviera una clara connotación política. Connotación política inmoral. Lo que quieren realmente es inocularnos la idea de que Cuba, con su viejo y ahora relamido régimen, es un país normal. Por eso defienden que no haya sanciones, que haya visiteo y “negocietes” Se sienten felices con que Cuba sea no sólo objeto de la devoción y del obligado peregrinaje de la izquierda irredenta, o de la pedestre y escabrosa curiosidad de algunos, sino también de complicidades inauditas y de aquiescencias ilusas o interesadas. Y todos, absolutamente todos, enternecidos con el futuro de reconciliación, de paz y prosperidad del noble pueblo cubano. El mensaje de todo este trajín del Cardenal Ortega, de todo este protagonismo obsceno buscado por la Iglesia cubana, de esta pretendida “interlocución” no pedida ni legítima, de estas muy publicitarias visitas papales para el abrazo a los tiranos y de distanciamiento cierto del sufrimiento del rebaño, el mensaje, digo, es precisamente opiáceo para la rebeldía del pueblo, única manera de conseguir la libertad.
Confiamos en que no tengan éxito. Confiamos en nuestra lucha y en el favor de Dios. Confiamos en que, finalmente, seamos libres y cristianos, natural y simplemente cristianos, como nuestro José Martí.

Monday, February 20, 2012

UNA OBRA DE AMOR EN UN ESTADO DE DERECHO




Por Orlando Fondevila

En el mismo frontispicio de su Programa, La Rosa Blanca afirma lapidariamente que “La reconstrucción de nuestra patria será una obra de amor, o no será, dentro del marco estricto de un Estado de Derecho, con el claro objetivo de erradicar definitivamente el odio entre cubanos”. Justamente en esas dos ideas: amor y justicia, se fundamente todo el pensamiento político, social y económico de La Rosa Blanca, de acuerdo con los principios y acendradas convicciones de su fundador e inspirador, Rafael Díaz-Balart. Rafael insistía en el hecho de que el énfasis en esa doctrina de amor había sido proclamada, precisamente, en el momento en que se desataba la más virulenta represión contra aquellos que avizoraban –no muchos entonces- el desastre y el horror que ya estaba en marcha.

Esta doctrina de amor y justicia, inscrita en el propio nombre de la organización: La Rosa Blanca, y su incuestionable filiación martiana, se ha visto ratificada en la reciente creación del Instituto La Rosa Blanca, impulsada por Lincoln Díaz-Balart, con el objetivo de ofrecer una continuidad a la primera organización anti-castrista surgida el 28 de enero de 1959. El Instituto viene a adaptarse a las circunstancias actuales, con su Programa como bandera, hasta que en el inevitable escenario de cambio en nuestra patria se constituya en partido político. La doctrina de amor y de justicia continúa siendo, como no podía ser de otra manera, la columna vertebral de la organización. En frente, la permanente e inalterable prédica y acción de odio de la tiranía de los Castro. Aquellos, los mismos que fusilaban, robaban y perseguían desde el primer día de su arribo al poder, como piratas y corsarios disfrazados de guerrilleros por la libertad, son los mismos que hoy encarcelan, reprimen y esclavizan a todo un pueblo. Los mismos que sembraron el odio en la familia cubana son quienes hoy continúan instigando el odio a los verdaderos patriotas, aunque se enmascaren de mansas palomitas. Nada ha cambiado sustancialmente en estos 53 años, salvo la adecuación de las máscaras a las circunstancias sobrevenidas. El fracaso insuperable de la tiranía le obliga a la afiebrada y permanente sustitución de máscaras en un enloquecido intento de sobrevivir. No puede haber engaño. El camaleón podrá cambiar de color para enmascararse ante el peligro, pero su naturaleza permanecerá inalterable. 

Resulta clarificador que la tiranía cubana muestre, sobre todo en los últimos tiempos, una especial saña hacia La Rosa Blanca , acusándola de las más horrendas actuaciones e intenciones. ¿A qué temen los corifeos del castrato? Temen a la probada firmeza de la que ha hecho gala La Rosa Blanca desde su fundación, en los mismo días en que se desataba el horror. Firmeza en su doctrina de amor y de justicia. Y firmeza en su enfrentamiento a la tiranía, sin concesiones ni confusiones. Porque como nos enseñó Rafael, esta doctrina es “bien pensada y profundamente sentida” aunque, por supuesto no seamos “hermanitas de la caridad”. Lo primero es la libertad, y a partir de ahí, el abrazo entre cubanos, el establecimiento de un Estado de Derecho. “Aquellos- decía Rafael- que hayan cometido delitos, tendrán que responder ante tribunales imparciales, con todas las garantías procesales”. “Lo que no queremos –insistía- es que se establezca un sistema nuevo de barbarie…En fin, una democracia, con un Parlamento libre, con pluralismo político, con la legalización de todos los partidos políticos que acepten el juego democrático”.

La tiranía, y también los pusilánimes de toda laya, no quieren que los cubanos conozcan qué es La Rosa Blanca, cuál es su Programa. Y no lo quieren porque en una verdadera lucha de ideas serían derrotados. La luz de la Verdad, del Amor y de la Justicia de La Rosa Blanca, el auténtico programa de libertad, fraternidad y prosperidad para Cuba de La Rosa Blanca, triunfará. No hay alternativa.



Friday, February 10, 2012

LA ROSA BLANCA




Por Armando de Armas

En Cuba fue que escuché por vez primera de la Rosa Blanca, era un niño, era en la radio, era un ataque vitriólico, violento, primera organización contrarrevolucionaria, reiteraba el locutor que, por cierto, arribó a Miami años después como si tal, como si nada hubiera dicho, bueno, no me desagradó aquello de primera organización contrarrevolucionaria, el ataque vitriólico, violento, había aprendido pronto que el objeto del odio del régimen podía ser el objeto de mi amor, a leer al revés, vaya, todo lo que ellos calificaban como muy malo debía ser entonces muy bueno; fue, la verdad, un infalible método de orientación en medio de la madeja de adoctrinamiento excrementicio, apertrechamiento con que los castristas pretendían confiscar no ya las propiedades, sino la mente y el alma misma de los cubanos.



Luego, ya en el exilio, el ex líder de la mayoría en la Cámara de Representantes de Cuba en el período1954-1958, Rafael Díaz-Balart, me hizo una sorpresiva proposición, a través de un amigo común. La misma consistía en que yo me convirtiera en líder de las juventudes de la Rosa Blanca (debo aclarar acá que han pasado bastantes años desde eso, suficientes como para que la propuesta de dirigir juventudes no pareciera descabellada por esa fecha) con vista a preparar el terreno para el futuro democrático de la isla. Le respondí con una contrapropuesta: ¡Me honraba el poder colaborar en la dirigencia de su organización, pero me gustaría hacerlo desde un proyecto de tipo cultural!

Mi respuesta de entonces me pareció lógica y espontánea; pero estaría más bien condicionada por cierto tipo de prejuicios sembrados y abonados abundosamente en el inconsciente colectivo de la tribu isleña durante todo el último siglo. Prejuicios como que la política es perversa, sucia y para ir al saco. Que contamina lo que toca y, ay, contamina sobre todo a esa suerte de seres inmaculados que sería los intelectuales.

No por gusto el poeta Gastón Baquero escribió, en un artículo que aparece inserto por Díaz-Balart en sus memorias Cuba: Intrahistoria. Una lucha sin tregua, Ediciones Universal, 2006, que el político cubano a la vieja usanza fue siempre pararrayos de todos los dicterios e incomprensiones y que: “Entre todos nos encargamos, en la República, de maltratarlo, de escarnecerlo, y de presentarlo como un ser nocivo para la sociedad. Pretendíase que todos los males de Cuba Republicana provenían de la mala calidad, moral e intelectual, de los políticos” (...) “Esa fobia al político fue siempre un mal, pero en nuestros tiempos es una de las formas más directas y fulminantes que maneja la oligarquía, la burguesía alta y mediana de cada país para suicidarse. No entienden que cuando el político se queda inactivo, el vacío que él deja lo ocupan los terroristas, los constructores del paredón, los ciegos destructores de cuanto existe. Nicolás Lenin, una vez en el poder, no antes, por supuesto, preguntaba; ¿política para qué, elecciones para qué?”.

Los comunistas no suelen innovar mucho en sus fórmulas para tomar y controlar el poder, años después Fidel Castro repetiría las mismas preguntas en Cuba; preguntas para obtener la respuesta esperada. En la corta vida republicana la sociedad isleña había sido moldeada por la prensa y la intelectualidad (¿o fue al revés?) en una suerte de revolucionarismo gritón, demagógico, faccioso y facilón, de buen ver y mejor vestir, en contra de la política y los políticos. Castro se aprovechó de ese caldo de cultivo para declarar la muerte de la política y los políticos, para implantar su Política e imponerse como el Único Político con el beneplácito y el aplauso, ¡faltaba más!, de la sociedad, la prensa y la intelectualidad que ahora, ¡un solo puño!, apoyaban el Vicio Absoluto del Dictador Absoluto con la misma fiereza que antes mostraban en el ataque de los pequeños vicios, los pecados venales, y hasta los banales, de sus odiados hombres públicos. 

Por una de esas sincronías que a veces nos depara la vida, Lincoln Díaz Balart, hijo de Rafael, ex congresista federal y hombre comprometido a favor de las libertades en Cuba, me ha invitado a fundar el Instituto la Rosa Blanca y a formar parte, junto a dos entrañables amigos, el poeta Orlando Fondevila y la novelista Zoé Valdés, del departamento cultural del mismo.

El Instituto la Rosa Blanca es el legado de un hombre, de un intelectual, un político y estadista que, por si fuera poco, trasciende esas categorías de lo efímero racionalista para entrar, reconozcamos, en la categoría del profeta, del visionario, precisamente en un país donde tantos y tan señalados han profetizado mal y visto por espejos empañados, para probar lo anterior bastaría el antológico discurso que, en mayo de 1955, ante la Cámara de Representantes de Cuba, pronunciara Rafael Díaz Balart en contra de la ley de amnistía a Fidel Castro y demás asaltantes del Cuartel Moncada, y en el que dijo entre otras cosas: Ellos no quieren paz. No quieren solución nacional de tipo alguno. Fidel Castro y su grupo sólo quieren una cosa: el poder, pero el poder total, que les permita destruir definitivamente todo vestigio de Constitución y de ley en Cuba, para instaurar la más cruel, la más bárbara tiranía, una tiranía que enseñaría al pueblo el verdadero significado de lo que es la tiranía, un régimen totalitario, inescrupuloso, ladrón y asesino que sería muy difícil de derrocar por lo menos en 20 años.

Se pudiera argumentar, en pose académica, que el pronóstico político anterior fue obra de la casualidad o la improvisación, pero en el discurso de despedida de la graduación del Colegio Prebisteriano “La Progresiva” en 1944, un jovencísimo Díaz-Balart aseguraba que ...“fuertes y numerosas son las corrientes que pretenden arrastrar a la juventud y a Cuba entera a un desastre seguro”, pues ...”en el ambiente de la juventud cubana campean yugos que esclavizan y que constituyen una amenaza porque” (...) saben ocultar hábilmente su bastarda condición”.

Pero, el Instituto la Rosa Blanca no sólo está dotado de noble origen, sino de un buen derrotero para levantar la patria una vez pasada, derrotada, la pesadilla totalitaria, cuenta no sólo con un programa, sino que es, a mi entender, el mejor pensado, el más serio para, amor mediante, restañar heridas e implementar la reconstrucción nacional partiendo del planteo general de lo que se aspira a hacer para el avance ulterior de la sociedad, teniendo en cuenta el punto de partida de lo que esa sociedad es y lo que imprescindiblemente ha de hacerse para que progrese; reconociendo que en sociedades que han alcanzado estabilidad, al trazado general estratégico se le añaden precisiones para lo más inmediato y que, en nuestro caso, muchas de esas precisiones deberán esperar por las clarificaciones que nos deparará el futuro; un futuro, por cierto, no luminoso, sino en los claroscuros; como ha de ser.

Un programa político que no pretende prever, lógicamente, los detalles todos del cambio, sino que pretende ser sólo eso, un programa para el cambio, y que por lo mismo tendrá que modificarse y enriquecerse en el camino, con la luz del ideal delante de los ojos y con los oídos de la sensibilidad política pegados a la realidad. Un programa con ideas y sugerencias pragmáticas, pegadas a la realidad, para que el advenimiento de la Segunda República se funde en las instituciones y no en las personas; en las personas como caudillos, claro. Ojo al caudillo.

El programa del Instituto la Rosa Blanca, haciendo un balance positivo pero teniendo en cuenta sus errores, parte de los antecedentes de la Primera República, sosteniéndose en sus logros evidentes en lo económico, en lo social y en lo civilizador, sabiendo de sus fracasos en el orden de la responsabilidad ciudadana, del clasismo y el racismo.

Un programa que, aborda, entre otros aspectos medulares del devenir insular, las relaciones entre Cuba y Estados Unidos, sin complejos, sin patrioterismo provinciano, reconociendo que la isla deberá ser no un aliado de la nación del norte sino su mejor aliado, no ya por la geografía sino por la demografía, pues en Estados Unidos viven ya cerca de dos millones de cubanos, en una relación responsable, soberana, sin traumas adolescentarios que tanto nos dañaron bajo la sombrilla del adoctrinamiento antiimperialista del pasado, sostenida no ya entre los dos pueblos, sino entre los dos presidentes, cualesquiera que sean, y entre los dos Congresos a ambas orillas del Estrecho de la Florida. Un programa que reconoce la cultura como el mejor sitio, patria espiritual, donde al final podamos abrevar, identificarnos todos los de la raza cubana y que, apuntamos nosotros, deberá abogar a la larga por la promoción de los hombres y mujeres que, con su arte y su pensamiento, son y han sido hacedores de la cultura nacional.

Un programa que se sostiene, en definitiva, sobre el pensamiento que, llevado a la práctica política, permite y alienta la libertad individual como el valor supremo que ha definido al mundo occidental y que, sin dudas, deberá definir a la Cuba del futuro. 

Saturday, January 28, 2012

¿COMO PREPARAR EL REGRESO?



Por Rogelia Castellón    

Preparar el camino desde ahora para hacer historia a través del ejercicio de las leyes es la tarea a cumplir, por todos los hombres y mujeres con el alma llena de deseos de regresar  a Cuba y de permanecer en la patria como cubanos con cartas de ciudadanía de eterna permanencia. Es también preparar desde el destierro la gran unidad de hombres y mujeres deseosos de vivir en libertad en la tierra amada y de sembrar la idea para siempre en cada cubano para que no sintamos nunca más el dolor de pueblo aplastado por la fuerza de tiranos. Llevar desde aquí la decisión de no ser nunca más hojas caídas pisoteadas por nuevos tiranos .

La idea no debe ser solamente liberar al pueblo cubano de su actual esclavitud. La idea será agrupar, enseñar, y amar y saber realmente  que la patria no es nuestra. Nosotros seremos la patria, pero para ser ejemplo, sacrificio y deber.

Por supuesto, desde ahora es necesario comenzar el trabajo. Cada desterrado, cada cubano cuya libertad se perdió en el proceso de vida de la llamada revolución debe hacerse preguntas cuyas respuestas le hagan comprender la obligación de ser parte del nuevo proceso.

¿Conozco la libertad, y realmente la amo?
¿Entiendo que todos los hombres y mujeres de todas las razas deben tener iguales derechos y obligaciones?
¿Podré respetar las leyes y la Constitución en la nueva era de una Cuba libre?
¿Podré enseñar a mis hijos a caminar por el camino de hacer patria?

Si puedes responder afirmativamente a estas preguntas puedes ser parte de un grupo
capaz de lograr la hermandad indispensable para llegar el triunfo de la democracia
en la nueva Cuba que inevitablemente será muy pronto libre.

Si puedes responder afirmativamente a estas preguntas, puedes seguir la ruta desde aquí,
ahora mismo de una vida que nos conduzca al fundamento y cumplimiento de todas las leyes necesarias al nacimiento de una nueva tierra con olor a hermandad y sobre todo con
sentido de perpetuidad.  

El primer paso será entonces sin dudas, la agrupación del destierro y de los que sufren en patria lejana el dolor de ser ausencia, silencio y esclavitud, esfuerzo y muerte.

El regreso deberá prepararse a través de la militancia. Militancia para unir las manos y el corazón en el esfuerzo de la liberación. Militancia como escudo, como lanza como verdadera entrega.

La Rosa Blanca busca fuerzas y hace espacios en la organización para la unificación de la idea, ahora cuando la patria se despierta y se van borrando las palabras que un día la llevaron a escoger cadenas.

El Instituto La Rosa Blanca, llegará a Cuba y será partido político para agrupar las voces y esfuerzos de todos los cubanos que sientan amor por la libertad y aspiren al sacrificio de mantener la democracia en nuestro territorio.

Todos podemos tener el mismo sueño y buscarlo basándonos en métodos diferentes, sin perder la esencia de la idea, abrazando siempre  la misma bandera, con el brillo de la misma estrella. Pensando como cubanos, borrando el destierro en tierra prestada para vivir en nuestra isla ya liberada.

Gran parte del exilio milita en organizaciones que formarán los nuevos partidos políticos necesarios para hacer gobiernos cubanos, para lograr leyes y regulaciones importantes a la libertad perpetua de la patria, y a la libertad de las palabras.

Mientras llega el momento debemos repetir las consignas que serán guías de la nueva república, para que lleguen a su destino empujadas por el viento, para ser repetidas por los hombres y mujeres deseosos de ser libres.

Debe haber para los cubanos un solo objetivo. La liberación de la isla. Un solo cubano no podrá enfrentar cuerpo a cuerpo a la tiranía, pero muchos cubanos en unidad  pueden borrar las noventa millas para rehacer la patria, mano en mano, grupo a grupo, la luz en la mirada, el deseo en la palabra.

Saturday, January 14, 2012

LA ROSA BLANCA: UN PROGRAMA DE Y PARA CUBA



Por Orlando Fondevila


La tiranía implantada por los hermanos Castro y su banda va entrando en sus cincuenta y cuatro años. Todo un record de ignominia. Se insiste en que el terror y la represión han sido y son los principales pilares de tan dilatado espanto. Por supuesto que estas son armas indispensables de todos los totalitarismos que en el mundo han sido. Pero no las únicas y, en ocasiones, no las principales. La propaganda, la creación de una “cultura” y una cosmovisión  ideológica perversas desempeñan un rol especial en todo el entramado totalitario. Hasta el punto que consigue, incluso, marcar en cierto sentido las ideas de algunos opositores del horror. Estoy hablando de verdaderos opositores y no de esa fauna bastante abundante que afirma ser “crítica” del régimen, pero que lo hace, dice, desde la “izquierda”, pretendiendo así conceder cierta credibilidad a los supuestos “cambios” que estaría impulsando el raulismo. La verdad es que, tanto los unos como los otros, tanto los verdaderos opositores que llevan consigo resabios del discurso de lo “políticamente correcto”, de esos rehenes de la “cultura” de izquierda, como los otros que le bailan el agua al régimen, contribuyen de alguna manera a dispensarle  un marchamo de legitimidad histórica a la tiranía.

Hay que decir que esta invocación izquierdista se asienta en un pernicioso sofisma que viene a identificar al castrismo como un paradigma de la izquierda, lo que vendría a dulcificar su verdadera faz totalitaria. Ha sido este, precisamente, el ardid que ha permitido a muy amplios sectores de la zurda política y mediática en todo en el mundo a sostener la mayor parte de las veces unas posiciones de abierta complicidad con la tiranía, o a una suave condescendencia con sus crímenes. Contrariamente, quienes se oponen firmemente a la perversidad absoluta que representa el castrismo, son frecuentemente descalificados como derechistas o ultraderechistas. De la misma manera que se rechaza a quien no comparta la cosmovisión devastadora de la historia de Cuba propalada y acuñada por el castrismo.

Casi todos los que se acercan a la historia cubana, incluyendo a muchos de sus opositores, dan por cierta la versión castrista de que la tiranía implantada desde el mismo enero de 1959 tenía cierta legitimidad de origen, toda vez que venía de derrocar una “feroz dictadura” de derecha pro-imperialista y a desmantelar la pseudo-república pre-existente, caracterizada por la miseria, la prostitución y el pernicioso sometimiento a los Estados Unidos. El régimen ha sido muy eficaz en propagar la concepción adanista de que él nace para enfrentar lo que ha calificado de República basura, con el fin de instaurar por vez primera la soberanía de la nación y erradicar toda la maldad acumulada durante siglos.

Aceptadas estas premisas y acatado el sofisma de que la “revolución cubana” es el paradigma de la izquierda y de que sus oponentes más firmes son los representantes de la ultraderecha radical y reaccionaria, se facilita el camino para dulcificar el horror totalitario, banalizándolo como meros excesos. Excesos que, entonces, podrían ser corregidos con las supuestas “reformas” del raulismo o, tal vez, con las que suponen están en las intenciones de una presunta legión de reformistas agazapados en las estructuras de poder de la tiranía.

La trampa intrínseca en estas teorías lleva de la mano a una dispersión en las ideas y en los métodos de enfrentamiento a la tiranía, e incluso a cierta hostilidad entre sus oponentes. A veces, en virtud de esta trampa, nos dedicamos a darnos pellizquitos unos a otros, para beneplácito y en beneficio de la tiranía.

Yo tuve el privilegio de sostener miles de horas de conversación con Rafael Díaz –Balart, siempre centradas en Cuba, porque justamente él se autodefinía como “cubano-céntrico”. Pude conocer así, y aprender y comprender y compartir todas sus ideas sobre Cuba, su historia, su presente y su futuro. Ideas contenidas brillantemente en el programa de La Rosa Blanca. Recuerdo ahora tres ideas troncales. La primera, Rafael creía en lo que él llamaba “la raza cubana”, que era su manera de oponerse al racismo y de emparentar con el “Hombre es más que blanco, más que mulato, más que negro, de José Martí. La segunda, la de no enfrentar a los hombres en clases, estableciendo así prerrogativas de unos sobre otros”. Por cierto, también un concepto martiano. Y la tercera, que es de la que estamos ocupándonos en este artículo, la de la falacia de la dicotomía izquierda –derecha. Rafael creía, y así también nos lo encontramos en el programa de La Rosa Blanca, que esa dualidad –expresada en términos de cerrada hostilidad- era una especie de trampa saducea que nos venía de Europa y que debíamos trascender.

Por lo tanto, no se trata, en la política cubana actual, de “izquierda” o de “derecha”, sino de oponerse de manera firme y radical a la tiranía, o, por el contrario, andarse por las ramas, las suavidades y las medias tintas. Y se trata, sobre todo, de tener unas ideas y un programa claro para el cambio del que está urgida la sociedad cubana. Cambio que significa, en primer lugar, libertad plena. Libertades individuales y soberanía del individuo, sin las cuales no son posibles las libertades y la soberanía de la nación. Y en segundo y tercer lugar (como una consecuencia derivada del primero) el trabajo por una sociedad próspera en un Estado de Derecho en el que prime la justicia. Esas ideas y ese programa no es de “izquierda” ni de “derecha”. Es el programa de la liberación y del cambio genuino en Cuba, el Programa de La Rosa Blanca. Puede y debe ser compartido por todos los cubanos, al margen de diferencias menores. La Rosa Blanca, como advierte en su programa, no hace proselitismo ni pretense erguirse por encima de las organizaciones del exilio y de la oposición interna que, estamos seguros, comparten estos principios. Pero sí creemos que este es el Programa de y para Cuba en la situación de hoy Abierto a la discusión y al enriquecimiento de todos los cubanos que quieren y sueñan y pelean por una Cuba mejor.